A Valle por permanecer y hacerlo con esmero y cariño.

Cada vez que escuchaba sus pasos subiendo las escaleras, me tensaba y buscaba un escondite para no verlo. Imaginaba su sombra gigantesca en la pared, subiendo, subiendo, buscándome.

Rápidamente ponía muebles en la puerta, armarios, mesas y me convertía en la increíble Hulk sacando fuerzas para moverlo todo en cuestión de segundos.

Era navidad y lo oí subir. ¿Cómo podía venir a visitarme precisamente en estas fechas? me tocaría hacer el doblete de tener miedo y disimularlo en medio de todos. Llevaba visitándome más repetido que lo habitual y ya estaba muy cansada, iba quedando menos de esa increíble Hulk que sacaba la artillería y se enfrentaba.

Entonces cogí el teléfono y llamé a mi amiga. No tenía fuerzas, él avanzaba, no sabía qué hacer. Ella me dijo que le abriera la puerta y que si fuera posible, lo peinara y pusiera bonito. Me quedé suspendida del tiempo ¿Cómo? En ese momento caí en la cuenta que nunca le había visto, y que yo lo imaginaba feísimo, fierísimo. Mi amiga me decía que le diera mimos a un monstruo que venía a aniquilarme, un monstruo que me habla en voz muy alta, le gusta decirme cosas feas y me asusta tanto.

También recordé lo que decían en mi Dojo, quédate en el zafu aparezca lo que aparezca. Entre unas cosas y otras, me quedé, no tenía fuerzas para más ni para huir. Me tape la cara dejándome algún hueco para ver algo. Al abrirse la puerta observé la sombra de sus largas manos, sus garras, su cabeza gigante…y oí como entraba y se quedaba quieto, pero poco a poco fue avanzando y lo hacía hacia mí.

Quería pasar desapercibida, una estatua, no quería gritar, no quería moverme, pero en cuestión de segundos ya no pude más, me salió un grito y un grito más, comencé a correr y aquello se convirtió en una pista de atletismo. Esa cosa comenzó correr también pero a la velocidad de la luz, haciendo círculos y ruidos raros. Nos pasamos un buen rato dando vueltas por el salón minúsculo, como si fuéramos pelotas de tenis que se estampan contra la pared sin recorrido fijo, reacción tras reacción. En medio de aquella locura, me caí al suelo, quedé estampada contra la pared, y supe que ya no había más escapatoria.

Miré para abajo y vi sus pies, me sonaban familiares, muy grandes. Su cabeza estaba frente a mi cabeza, estando yo sentada en plan ovillo. No era tan grande, pero sí que era feo…bueno raro…bueno podía haber sido peor. Mi monstruo era similar a ET. Unos ojos tremendos, un cuerpo ovalado, sin pelo, todo piel. La boca era grande, pensé que si la abría me comería y haría una escabechina conmigo.

No vi rabia, aunque si algo de enfado, no vi violencia, sino sufrimiento, no vi castigo sino peso, no vi muchas de las cosas que me había imaginado, mi monstruo no era un verdugo, no buscaba castigarme sino encontrarme.

Estaba desnutrido, blanquecino y de pronto lo vi inofensivo: no solo no peligroso, sino indefenso. Me miraba fijo y esta vez decidí mantener la mirada. Estaba embelesado mirándome, mirándome quizá como hacía mucho tiempo nadie lo hacía, con curiosidad y emoción.

Recordé lo que ella me dijo: que lo acicalará. Y como se parecía tanto a ET, recordé la escena de la película en que la niña lo viste con sus vestidos, lo maquilla y le pone gorro. Me atreví a decirle si le apetecía que le peinara o limpiara la cara. Él no hablaba pero parecía abierto.

Mi ser de las oscuridades fundamentalmente tenía miedo, temblaba al tocarlo, estaba falto de contacto y tenía su cuerpo frio y congelado, se movía toscamente. No hablaba, pero pude entender muchas cosas de él sólo con verlo, sentirle y olerle. No venía a hacerme daño, venía a pedir ayuda, a pedir amor. Le lavé la cara, le acaricié las mejillas, lo miré a los ojos y le dije “Yo también tengo miedo y necesito amor” entiendo. Subió y bajo dos veces sus párpados y sus pestañones gigantes e hizo un glu glu, así descubrí que tenía una gracia y una vis cómica indestructible.

Había pasado años huyendo de un ser lleno de ternura, con sentido del humor y del amor, y al mismo tiempo lleno de heridas, que le hacían por momentos gritar, restregarse, paralizarse y huir. No atacaba, aunque a veces, si se ponía nervioso, se daba con sus manos grandotas en el cuerpo y la cara, y parte del manotazo podía alcanzar a quienes estuvieran cerca.

Han pasado ya tres meses desde ese primer encuentro y ha llegado la primavera. Estamos aprendiendo a convivir. Yo sigo queriendo en muchísimos momentos que desaparezca, cuando me pongo muy xenófoba, y me sale el capricho de que lo que considero feo no exista. Él lo nota y comienza a darse manotazos y dar vueltas por las habitaciones, dolorido por el rechazo. Entonces montamos el numerito, el teatro al que nos acostumbramos del gato y el ratón, y pasamos mucho miedo ambos. Cada vez es más corto el tiempo que tardamos en darnos cuenta de quienes somos, más allá de esas apariencias y automatismos, entonces nos miramos y la ternura vuelve a unirnos, nos damos cuenta que somos una.

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