Para ti

En aquella biblioteca el tiempo se arrastraba con la elegancia de un caracol con sueño. El chico de rizos negros —tan rizados que parecían tener voluntad propia y un contrato con la gravedad— pasaba las horas entre estanterías infinitas.
El espacio tenía unos grandes ventanales por donde entraba la luz del sol y, a veces, le cubría por completo, como si tuviera un foco alumbrándole. En los días de invierno ese calor le llenaba de calidez.
Parecía que allí lo que él hacía era solo estudiar. Pero esa biblioteca no era convencional, tenía cierta particularidad, desde su silencio y quietud, atraía a determinados seres con un mundo de belleza dentro, y colaboraba en su florecer.
La biblioteca sabía qué dar a cada cual que hacía de ella un hogar. Cuidaba sutilmente. Después de tantas horas había podido captar la esencia de cada uno de sus visitantes asiduos. Ellos la elegían, ella también lo hacía. Ellos daban sentido a su espacio, ella les devolvía sentido.
Él también a veces miraba su vida como un lugar demasiado quieto, añorando experiencias distintas, la biblioteca lo escuchaba percibiendo que dentro de él había un universo maravilloso listo para ser descubierto por él mismo y por quienes tuvieran la suerte de tenerlo cerca.
En la aparente impasibilidad de libros y silencio se comenzaba a despertar algo nuevo y al mismo tiempo eterno en él. La biblioteca era un invernadero invisible donde se incubaba lentamente el calor de su corazón
Una conjunción secreta de geometría y luz había encontrado allí su escenario. Sus rizos, sin pedir permiso, funcionaban como antenas diminutas, captando ondas misteriosas que flotaban invisibles en el aire. Incluso había un polvo dorado que flotaba sobre ellos, moviéndose como si bailaran en una sesión de Ecstatic Dance, girando y vibrando con una coreografía que solo el universo conocía.
El sol hacia lo suyo, cada rayo entraba en cada onda de su pelo, y a través de esta conexión se transmitía energía. La luz iba hablando con sus huesos, sus cartílagos, sus vísceras, sus arterias, iba circulando por su cuerpo como si fuera una linterna y, a la medida que avanzaba, decía ¡Guau! ¡Qué ser más bonito, aquí hay madera!, mientras iba tatareando la canción “Qué bien” de Mikel Izal.
Pasarón meses de fotosíntesis. Un día él llegó, se sentó en su silla, pero en lugar de abrir su libro, miró por los ventanales y se preguntó ¿Qué pasa allí fuera? Fue así como sintió que era el momento de dejar ese espacio y adentrarse en el mundo exterior. Recogió las cosas y volvió a salir por donde había llegado. La biblioteca lo presenciaba todo como una buena amiga que sabe que llegó el día de volar. Se sentía orgullosa de haber depositado en él la luz para que se abriera su luz.
Lo primero que encontró al salir fue un cartel que anunciaba unas clases de Biodanza, apuntó los datos y allí que se fue. Desde ese momento ese es otro lugar que nutre sus raíces.
Lo que sigue es todo un camino donde, paso a paso, con sus dificultades y con el tesón de vivir, iba abriendo puertas, descubriendo la vida y descubriéndose en esa constante expansión.
Un día de esos abrió una nueva puerta, se vino a Sevilla y siguió explorando sitios donde danzar. En uno de éstos lo conocí. Recuerdo cuando entró en la sala, me fije en sus rizos salvajes, ellos se cruzaban unos con otros, iban para delante y detrás, parecía que utilizaban el código morse para comunicarse. Mentalmente no sabía descifrar, pero como yo también he frecuentado bibliotecas y apoyado en mis manos cientos de libros, algo en mí entendió a su pelo y me llevó a caminar hacia él. Terminamos bailando juntos.
Lo que sigue es la vida misma, haciendo lo que sabe hacer cuando un corazón permeable se ha dejado empapar por su luz: darnos el regalo de descubrirnos y al mismo tiempo descubrir a quién va a ver, respetar, apreciar, disfrutar y cuidar ese regalo que somos.

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